En un país devastado por una epidemia, tres hombres unidos por trabajos ligados a la muerte descubren que la enfermedad es la excusa para un exterminio organizado. Al recorrer rutas vacías, pueblos incendiados y mataderos clandestinos, deciden enfrentarse a un Estado que borra comunidades enteras. Una historia de Ana Paula Maia, una de las voces más potentes de la literatura brasileña.
Tras una epidemia de origen desconocido que ha vaciado pueblos enteros y reducido drásticamente la población, el mundo rural se convierte en un territorio silencioso, atravesado por carreteras desiertas y comunidades en desaparición. La enfermedad avanza, el Estado impone zonas de aislamiento y la radio repite mensajes religiosos que anuncian el fin de los tiempos. En este paisaje devastado, tres hombres sobreviven realizando trabajos ligados a la muerte, sin saber que pronto quedarán atrapados en el colapso definitivo del orden social.
Bronco Gil abandona su empleo como lavaplatos cuando acepta un encargo: asesinar a una mujer acusada de robar a un cliente influyente. Cumple el trabajo sin titubeos y entrega el cuerpo en un rancho donde los cadáveres son comprados y revendidos, confirmando que la muerte ya forma parte de una economía clandestina. Luego retoma la ruta hacia el oeste, acompañado por emisiones evangélicas que hablan del rapto y de la separación entre salvados y condenados.
En la misma región trabaja Edgar Wilson, encargado de retirar animales muertos de las carreteras. Durante uno de sus recorridos se detiene ante un puente inconcluso que termina en un abismo. Allí conversa con un hombre solitario, antiguo obrero de la obra, quien le relata una serie de muertes ocurridas durante la construcción y asegura que algo maligno habita en ese vacío. Poco después, el hombre se arroja al precipicio ante los ojos de Edgar.
De regreso al depósito donde se trituran animales muertos, Edgar se reúne con Tomás, un exsacerdote que ahora cumple tareas sanitarias. Juntos descubren restos humanos mezclados entre los cadáveres animales, señal de que el sistema de control ha empezado a fallar. Poco después, uno de los operarios intenta suicidarse y confiesa haber matado a sus dos hijos contagiados para evitarles una agonía mayor. La enfermedad provoca fiebre, delirio y un deterioro rápido; los infectados son aislados por las autoridades y muchos nunca regresan.
Las rutas se llenan de rumores, helicópteros militares sobrevuelan la región y los pueblos pequeños comienzan a desaparecer del mapa. En un bar de carretera, Edgar, Tomás y Bronco cruzan finalmente sus caminos y descubren que los tres han escuchado, en distintos momentos y en boca de personas moribundas, la misma frase inquietante: «Las puertas del cielo y del infierno se están abriendo al mismo tiempo. Todo lo que está en el medio será destruido».
La epidemia ya no parece solo una crisis sanitaria: algo mayor avanza sobre el territorio.
La confirmación llega cuando Edgar recibe por radio un aviso desde la central del servicio donde trabaja y es enviado al kilómetro 18 de la ruta. Allí encuentra un camión del Ejército detenido en medio del asfalto y a dos soldados jóvenes en estado de shock. Al abrir la caja descubren que no transportan cadáveres, sino personas infectadas aún con vida, trasladadas para ser incineradas en el matadero de la región. Edgar comprende entonces que el Estado ha dejado de intentar contener la enfermedad: está eliminando comunidades enteras.
Los tres hombres matan a los soldados y toman el camión. Durante la huida atraviesan un pequeño pueblo recientemente incendiado por el ejército y rescatan a una niña escondida entre los cadáveres. Con ella a bordo, avanzan hacia el matadero donde se realizan las cremaciones masivas.
Allí, el responsable del lugar admite haber colaborado por miedo y revela que otra comunidad será destruida esa misma noche. Edgar, Bronco y Tomás intentan adelantarse, pero al llegar encuentran el pueblo completamente vacío. Desde la distancia observan cómo los militares lo reducen a cenizas.
A partir de ese momento, el territorio comienza a perder coherencia: los mapas ya no coinciden con el paisaje, las rutas conducen a ninguna parte y el anochecer cae de forma abrupta, como si el tiempo mismo se estuviera apagando. Sin salida posible, escuchan por última vez la misma profecía en boca de un hombre moribundo.
El mundo deja de responder a cualquier lógica reconocible.
Mientras el paisaje se descompone y las comunidades desaparecen, queda claro que el apocalipsis no llega como un estallido, sino como un proceso: cuerpos eliminados, pueblos borrados y hombres obligados a seguir avanzando en una tierra que ya no ofrece refugio.
DATOS RELEVANTES: Ana Paula Maia es una escritora, guionista y músico brasileña. Entre sus trabajos se encuentran la escritura de guiones, monólogos teatrales y novelas. Ha sido galardonada con el Cercador Prize, PEN Translates Award y forma parte de la longlist del Republic of Consciousness Prize de Reino Unido e Irlanda. Además, ha sido nombrada por The Guardian y Foyles como uno de los mejores libros traducidos al inglés de 2023. También ha recibido el Premio São Paulo de Literatura a mejor libro del año. Sus obras se han traducido al alemán, croata, español, inglés e italiano.
Su novela De cada quinientos un alma es una propuesta potente de ficción apocalíptica y social que atrapa por su tono y su atmósfera opresiva. La novela recurre a imágenes muy fuertes y reconocibles, ideales para una adaptación audiovisual contundente. La historia se apoya en pocos personajes, diálogos precisos y una trama cargada de misterio y tensión constante, lo que facilita su traslado a una serie o película con un gran peso visual y emocional.
POTENCIAL AUDIOVISUAL: Serie TV, Miniserie, Film, TV Film.
IDIOMAS DISPONIBLES: Español, Portugués.

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