Temas

Géneros

Subgéneros

Entre la autobiografía y el manifiesto furioso, María Fernanda Ampuero desnuda su cuerpo ultrajado y rechazado para recorrer la violencia machista, la salud mental, la maternidad frustrada y el exilio. Un viaje descarnado por sus obsesiones y recuerdos que se convierte en un grito monstruosamente honesto contra todo lo que intentó silenciarla. 

 

Visceral es María Fernanda Ampuero abriéndose en canal. No son solo un conjunto de breves ensayos: es una autopsia hecha con las propias manos, página tras página.

La escritora agarra su cuerpo, su infancia, sus violencias y las expone como quien despliega vísceras sobre una mesa para que alguien las mire bien. El libro no tiene una trama lineal, sino una memoria que se retuerce sobre sí misma, que va del grito colectivo al susurro íntimo, de la denuncia política al dolor más doméstico.

Empieza con la furia. La furia porque a las mujeres aún les prohíben decidir sobre sus vientres, porque en Ecuador las niñas violadas son forzadas a parir, porque en Estados Unidos tumbaron el derecho al aborto y la ultraderecha avanza pisoteando cuerpos. Ampuero recurre a la literatura de otras mujeres que escribieron sobre el horror de gestar sin desear, y convierte esa rabia en el motor de todo lo que viene. Pero esa furia no es abstracta: tiene forma de cuerpo. El suyo.

El cuerpo gordo que su madre, exreina de belleza, gestó a base de antojos de torta de chocolate a medianoche y luego castigó con dietas, anfetaminas, inyecciones de quién sabe qué. El cuerpo al que en el colegio perseguían gritando “Ampuerca”, el cuerpo que los hombres creyeron siempre disponible. Cuenta el abuso a los ocho años en un parque mientras su amiga Genoveva miraba; el acoso del hermano de una amiga que la encerró en un dormitorio repitiendo “para el amor no hay edad”; la violación ya de adulta con una cita de Tinder. También la relación con un profesor de casi cuarenta cuando ella tenía dieciocho, un hombre que la llevaba a cines porno y bares de mala muerte, que la llamaba su “amante” y la obligaba a demostrar que no era una “señoritinga” asustada.

La migración es otro desgarro. Deja Guayaquil, esa ciudad del trópico donde los sueños mueren asfixiados entre el calor y el conformismo, y cruza el Atlántico para convertirse en “bárbara” en el Imperio. En “Bárbaros” le escribe a su padre muerto: le cuenta cómo es vivir siendo la extranjera a la que siempre preguntan de dónde viene, la que debe justificar su presencia, la que escucha “si no te gusta, vete”. Madrid la acoge y la desposee, pero ella camina sus calles hasta hacerlas suyas. Construye una vida con un hombre que no quiere hijos. Ella descubre a los treinta y siete años que ya no tiene óvulos. El útero seco. La relación se rompe. Se queda con un ratón de peluche llamado Mauri, el hijo simbólico que tuvieron, que termina regalado a una familia de inmigrantes cuando ella decide abandonar Madrid.

La salud mental es el otro fantasma. Su padre lo dijo claro: “en mi casa no va a haber locas”. Pero la loca está ahí, con su diagnóstico de depresión y bipolaridad, con sus siete pastillas diarias, con la máscara que se pone para que nadie note que arde por dentro. Denuncia el estigma, la falta de recursos, la soledad. La pandemia la encuentra encerrada con un desconocido, un hombre con el que tuvo una cita la noche que decretaron el toque de queda. Siete meses juntos en un piso de Madrid. Siete meses de miedo, de sexo, de juegos de rol, de cuidado mutuo, de la neblina que lo cubría todo. Él casi muere de covid. Cuando la neblina se levanta, él se va. Nunca le dijo “te quiero”.

Ampuero escribe como quien se saca los clavos uno a uno. No hay redención, tampoco consuelo. Hay una mujer que mira su vida y la cuenta con la misma furia con la que la ha vivido. Porque, como dice ella, no quiere paz ni mindfulness: quiere abrazar su ira, bailarla, escribirla. Y al final, después de recorrer los cadáveres de Madrid, la demencia de la vecina de arriba, los árboles que se mueren en otoño y el bonsái que no sobrevivió al encierro, lo único cierto es que el fin del mundo no es un cataclismo: es seguir aquí, con la fragilidad a cuestas, aprendiendo a convivir con los propios monstruos.

 

DATOS RELEVANTES: María Fernanda Ampuero es una escritora y periodista ecuatoriana que ha colaborado con numerosos medios internacionales. Ha ganado el Premio Hijos de Mary Shelly, el Premio Cosecha Eñe y el Premio Joaquín Gallegos Lara, entregado por el Municipio de Quito.

Visceral es una obra compuesta por varios ensayos y relatos a medio camino entre la autobiografía, las memorias y la autoficción que viaja a través episodios, vivencias, miedos y obsesiones de la autora para reflexionar sobre las violencias contra las mujeres, el cuerpo, el colonialismo, la infancia, la maternidad, etc. Un auténtico manifiesto de una honestidad brutal y descarnada, con un potencial auvdiovisual muy interesante: con una estructura fragmentaria, con imágenes y escenas crudas y muy cinematográficas, Visceral podría convertirse en un producto audiovisual a medio camino entre el realismo sucio y lo onírico.

 

POTENCIAL AUDIOVISUAL: Serie TV, Miniserie, Film, TV Film.

IDIOMAS DISPONIBLES: Español y Portugués.

Adquirir los derechos

Para ponerte en contacto con nosotros completa el siguiente formulario y te responderemos en breve.

    SCENIC RIGHTS, SL como responsable del tratamiento tratará tus datos con la finalidad de dar respuesta a tu consulta o petición. Puedes acceder, rectificar y suprimir tus datos, así como ejercer otros derechos consultando la información adicional y detallada sobre protección de datos en nuestra Política de privacidad