Los asesinos lentos

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Después de diez años sin verse, Valle y Cáceres se reencuentran en un café. Charlan animadamente, recuerdan viejas historias y se ríen de las anécdotas del pasado. De repente, Valle le anuncia a su amigo que pronto lo matará, sin explicarle el motivo. A partir de ese momento, Cáceres deberá descubrir todo lo que se esconde tras esa amenaza e intentar evitar el asesinato del que él mismo será la víctima.

 

Juan Cáceres lleva una existencia aparentemente estable. Regenta una tienda de mascotas en una galería comercial, está casado con Virginia y tiene dos hijos adolescentes. Todo cambia cuando recibe la inesperada llamada de Valle, un antiguo compañero de juventud al que no ve desde hace más de diez años. Durante un encuentro marcado por la nostalgia y las bromas sobre el pasado, Valle le comunica con total serenidad que ha decidido matarlo.

La amenaza resulta tan desconcertante como perturbadora. Valle no actúa movido por una venganza concreta ni por un conflicto reciente. Frustrado por una vida que considera un fracaso y convencido de que el mundo carece de sentido y de justicia, ha llegado a la conclusión de que necesita señalar a alguien como responsable de su desgracia. Juan, antiguo amigo y rival amoroso en un remoto episodio juvenil, ha sido el elegido. Además, le deja claro que acudir a la policía no servirá de nada y le plantea tres únicas alternativas: desaparecer, convencerlo de que abandone su propósito o adelantarse y acabar con él primero.

A partir de entonces, Juan intenta seguir adelante con normalidad, pero la amenaza empieza a contaminar todos los aspectos de su vida. Mientras trata de averiguar si Valle habla en serio o se ha dejado arrastrar por algún tipo de delirio, su entorno se vuelve cada vez más hostil. El nuevo gerente de la galería, Alberto Maños, un ferviente defensor de los derechos de los animales, emprende una cruzada contra su negocio mediante inspecciones, denuncias y continuas trabas burocráticas que amenazan con arruinar años de trabajo.

Al mismo tiempo, Juan percibe que su vida familiar se le escapa de las manos. La relación con Virginia se ha vuelto distante, sus hijos le resultan cada vez más ajenos y quienes antes le ofrecían apoyo parecen alejarse poco a poco. Cada incidente cotidiano adquiere una dimensión inquietante y alimenta la sensación de que el mundo que conocía empieza a resquebrajarse.

Los encuentros periódicos con Valle no hacen sino aumentar su desconcierto. Lejos de comportarse como un asesino convencional, su antiguo amigo alterna razonamientos filosóficos sobre la culpa, el resentimiento y el sentido de la existencia con reflexiones delirantes que oscilan entre lo cómico y lo aterrador. Entre ambos se establece una relación extraña, a medio camino entre la amistad recuperada y el enfrentamiento inevitable. Aunque Juan llega a contemplar la posibilidad de adelantarse a los acontecimientos, e incluso oculta un cuchillo durante una de sus citas, nunca reúne el valor necesario para cruzar esa línea.

Cuando Alberto Maños muere en un accidente de tráfico y las dificultades del negocio desaparecen casi de la noche a la mañana, Juan cree por fin vislumbrar una salida. Poco después se produce un giro aún más inesperado: Valle asegura haber experimentado una profunda conversión religiosa. Tras entrar en contacto con una comunidad cristiana, afirma haber dejado atrás el odio que lo consumía y pide perdón a Juan por todo lo ocurrido.

Sin embargo, para entonces el daño ya es irreparable. Los meses de amenaza constante han transformado a Juan, incapaz de confiar en nadie y dispuesto a interpretar cualquier gesto como una señal de peligro. El descubrimiento de la relación entre Virginia y su amigo Francisco termina de hundirlo. Convencido de que ha perdido a su familia y de que la amenaza continúa latente, se encierra en una espiral de sospechas y resentimiento.

Días después, espera a Valle a la salida de la congregación religiosa que este frecuenta. Cuando lo ve acercarse con un objeto oscuro en la mano, cree que ha llegado el momento anunciado durante meses. Dominado por el pánico, acelera el coche y lo atropella. Solo al aproximarse al cuerpo descubre la tragedia: Valle no llevaba un arma, sino un ejemplar del Nuevo Testamento que pensaba regalarle. Muere perdonándolo.

Condenado por asesinato, Juan escribe desde la cárcel el relato de todo lo sucedido y se lo entrega al capellán de la prisión. Allí comprende la cruel ironía que ha marcado su destino: mientras intentaba escapar de una amenaza improbable, terminó convirtiéndose en el verdugo de la única persona que, al final, había renunciado a hacerle daño. Lo que comenzó como una broma macabra entre dos viejos amigos desemboca así en una tragedia atravesada por el humor negro, el azar, la culpa y la fragilidad de las certezas sobre las que construimos nuestras vidas.

 

DATOS RELEVANTES: Rafael González Balanzá es un escritor español de novela negra y thriller. Rafael combinó su labor de novelista con la publicación de la revista El Kraken en 2002, publicación de referencia para cualquier amante de la literatura.

Su primera obra, Los asesinos lentos, Premio Café Gijón 2009, es una novela negra sui generis que construye su fuerza narrativa sobre un mecanismo de suspense de extraordinaria precisión. Su sólida estructura dramática conduce con naturalidad hacia un desenlace ingenioso e inesperado. La premisa inicial genera una tensión constante que impregna toda la narración y remite de forma inmediata a las grandes intrigas psicológicas de Alfred Hitchcock, donde el miedo, la incertidumbre y la percepción subjetiva de la realidad resultan más determinantes que la propia violencia. Esa combinación de thriller psicológico y tragedia convierte la novela en un material de gran potencial audiovisual.

 

POTENCIAL AUDIOVISUAL: Serie TV, Miniserie, Film, TV Film.

IDIOMAS DISPONIBLES: Español, Italiano

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