Mientras sus compañeros sueñan con ser futbolistas o astronautas, Pedro, un niño de once años, sueña con ser santo. Animado por una madre profundamente católica, su fe se convierte en el único refugio frente al acoso escolar y la violencia de su padre. Pero cuando empieza a sentir atracción por el chico que lo humilla en público, su vida se rompe.
Pedro es un niño sensible que crece en un pequeño pueblo de Toledo durante los años noventa. Vive en una casa marcada por la tensión constante entre sus padres: su madre, María, profundamente religiosa, encuentra consuelo en la fe, mientras que su padre, Santiago, un carpintero de carácter violento, desprecia a la Iglesia y todo lo que representa. Pedro se siente más cercano a su madre y, desde muy pequeño, desarrolla una obsesión: quiere ser santo.
En la iglesia encuentra un refugio. Se hace monaguillo y comienza a pasar allí la mayor parte de su tiempo, ayudando en misa y aprendiendo cada gesto del ritual. La religión le da un marco para entender el mundo, pero también lo introduce en una lógica de culpa y sacrificio. Frente al Cristo de la Humildad, una escultura de tamaño natural con el cuerpo semidesnudo, herido y expuesto, Pedro experimenta una fascinación que no sabe nombrar: mezcla de devoción, ternura y una atracción física incipiente que le desconcierta.
En el colegio, la situación es muy distinta. Sus compañeros, especialmente Diego, Antonio y Mario, detectan su diferencia y lo convierten en blanco de burlas y agresiones. Al principio lo llaman ‘monaguillo’, pero pronto el insulto escala a ‘maricón’. Lo rodean en el patio, lo empujan, lo humillan públicamente. Pedro no responde: aprende a asumir el dolor como parte de su vocación. Si quiere ser santo, debe sufrir. El acoso deja de ser puntual y se convierte en una rutina que va erosionando su identidad.
Su único espacio seguro es la buhardilla de su casa, una habitación apartada, llena de frescos religiosos antiguos. Allí juega a ser santo, organiza sus estampitas como si fueran reliquias y construye un mundo propio, aislado del exterior. Ese equilibrio se rompe cuando descubre las revistas pornográficas de su hermano Lucas. Por primera vez, se enfrenta a imágenes explícitas de cuerpos masculinos. La excitación aparece de forma inmediata, pero también el miedo y la culpa: siente que ha cruzado un límite incompatible con la santidad que persigue.
El verano en que cumple doce años marca un punto de inflexión. Mario, uno de los chicos que lo acosa en el colegio, aparece en la iglesia como nuevo monaguillo, enviado por sus padres para corregir su comportamiento. Su presencia invade el único espacio donde Pedro se sentía a salvo. La relación entre ambos se vuelve ambigua y contradictoria: en público, Mario continúa humillándolo; en privado, empieza a buscarlo, a acercarse, una cercanía cargada de tensión que Pedro no logra descifrar.
Durante una noche de tormenta, en el campanario de la iglesia, esa tensión estalla. Aislados del mundo, entre el ruido del viento y la lluvia, Mario besa a Pedro y mantienen un contacto sexual furtivo. Para Pedro, ese momento es profundamente transformador: por un lado, confirma lo que empieza a intuir sobre sí mismo; por otro, lo vive como una transgresión intolerable, una traición a Dios. La experiencia lo deja atrapado entre el deseo, la confusión y la culpa.
Al mismo tiempo, la vida familiar se desmorona. Su madre enferma de cáncer y su estado empeora rápidamente. La enfermedad introduce un ambiente de espera y dolor en la casa. Pedro, desesperado, recurre a la fe con más intensidad que nunca y hace una promesa a la Virgen: renunciará a sus sentimientos y a cualquier deseo si su madre se salva. Sin embargo, la realidad se impone y la enfermedad avanza sin freno.
La situación estalla cuando Lucas, su hermano, descubre uno de los encuentros entre Pedro y Mario y decide contárselo a su padre. Esa misma noche, Santiago, borracho y completamente desbordado por la rabia y el dolor, enfrenta a Pedro. La escena se convierte en una explosión de violencia: lo golpea repetidamente con un cinturón mientras le grita ‘maricón’, descargando sobre él todo su desprecio y su frustración. La agresión solo se detiene cuando la madre, ya muy debilitada, interviene para protegerlo. Poco después, ella muere.
La muerte de su madre rompe definitivamente el mundo de Pedro. La fe, que hasta ese momento había sido su sostén, deja de tener sentido. Se siente traicionado por Dios. En un acto de ruptura, destruye todas sus estampas y abandona cualquier aspiración religiosa. Se queda sin refugios: sin madre, sin fe, sin un lugar seguro dentro de su propia casa.
Ante esta situación, su maestra, la Señorita Mari Sierra, interviene y consigue para él una beca en el seminario de Toledo. La propuesta aparece como una salida: un lugar donde empezar de nuevo, lejos de su padre. Pedro acepta, no por vocación, sino por necesidad de huir. Durante el viaje, se aferra a una idea que le permite soportar el cambio: imagina que Mario también estará allí, que podrán reencontrarse y que, lejos del pueblo, su relación podrá existir sin la violencia que la marcaba.
Esa expectativa se destruye el primer día.
En el seminario, Pedro es recibido por un grupo de alumnos mayores que organizan una broma de novatos. La situación deriva rápidamente en una agresión brutal: lo llevan a las duchas, lo desnudan por la fuerza, lo golpean y lo someten a tocamientos y vejaciones sexuales entre risas. La escena tiene lugar en un espacio cerrado, donde no hay escapatoria. Entre los agresores está Mario, que no solo no lo defiende, sino que participa activamente, consolidando la humillación y la traición.
Pedro queda tirado en el suelo, completamente roto, física y emocionalmente. La traición de Mario destruye el último vínculo afectivo al que se aferraba. En ese estado, es encontrado por el padre Rufino, que lo recoge y lo lleva a su habitación, donde lo cuida y permanece a su lado mientras duerme.
En ese momento final, Pedro experimenta un último gesto de consuelo. En su mente, aparece la figura de su madre, que lo besa y le susurra que podrá seguir adelante. No es una recuperación ni una redención clara, sino un mínimo punto de apoyo.
Pedro acaba completamente devastado, pero vivo. Ha perdido la fe, la familia y a la única persona a la que había amado. Y, aun así, por primera vez, encuentra la forma de contar lo que le ha ocurrido.
DATOS RELEVANTES: Luis Maura es un escritor, actor y docente español. Su narrativa explora la identidad, la memoria y la experiencia queer en entornos rurales. A lo largo de su trayectoria ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el primer premio en el certamen Jóvenes Artistas de la ciudad de Cáceres (2010) y el tercer premio en el II Festival Teatro de Bolsillo (2018).
Niño santo es una historia sobre el acoso escolar, la religión, la culpa y el despertar sexual que reflexiona sobre la búsqueda de la identidad en el entorno rural, la influencia de la familia en la infancia y la masculinidad. Con un marcado potencial audiovisual, el libro ofrece un retrato crudo y sensorial de la España rural: los espacios cerrados de la iglesia y la buhardilla, la dureza del paisaje manchego y la violencia sorda de las relaciones familiares encuentran en el lenguaje cinematográfico un vehículo perfecto para trasladar esa tensión entre la represión y el despertar, entre lo sagrado y lo profano, que atraviesa toda la obra.
POTENCIAL AUDIOVISUAL: Serie TV, Miniserie, Film, TV Film.
IDIOMAS DISPONIBLES: Español.

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