Un hombre entra por error en un edificio y no puede salir: cada intento lo devuelve al mismo rellano. Dentro, cada vivienda funciona con sus propias reglas: una inquilina rejuvenece día a día, un piso está en blanco y negro y en otro viven en 1973. Una vecina intentará descifrar qué está pasando en esta comedia de vecinos disparatada donde la física cuántica se mezcla con las discusiones de escalera.
Jorge entra por error en un edificio que no es el suyo. Va distraído con el móvil, pensando en cómo escaquearse de una cena, y cuando intenta salir descubre un problema bastante serio: no puede. Baja las escaleras y vuelve al cuarto piso. Coge el ascensor y se queda en el entresuelo. Lo intenta otra vez. Y otra. Y otra. Siempre igual. El edificio lo devuelve al mismo punto, como si el espacio estuviera en bucle… o como si alguien hubiera diseñado fatal la realidad.
Su marido, Santi, acude a buscarlo y tarda poco en pasar de la preocupación al desconcierto absoluto. Puede acompañarlo, cogerle de la mano, sincronizar pasos… da igual: en el último tramo de escaleras, Jorge desaparece y reaparece arriba. Para Santi, el edificio funciona con normalidad. Para Jorge, no. Llaman a la policía, hacen pruebas, intentan explicar lo inexplicable. Los agentes, tras contemplar el fenómeno con cara de “esto va a acabar en TikTok”, se marchan convencidos de que les están haciendo perder el tiempo. Todo perfectamente inútil.
La única persona que no se sorprende es Mireia Rojo, una física que vive en el piso de su padre fallecido. No está sola: junto a ella está Jaime, inquilino de una de las viviendas, que ha decidido ayudarla a entender qué ocurre en el edificio. Según explica Mireia, el edificio lleva décadas fallando. No está encantado: está defectuoso. Fue construido en un punto del universo que se volvió inestable y, desde entonces, las leyes de la física hacen lo que pueden, que no es mucho. Cada vivienda tiene su propia anomalía: tres estudiantes reguleros se convierten en genios, una vecina rejuvenece día a día, una pareja se obsesiona con el ejercicio físico, otro piso está anclado en 1973, hay un apartamento donde todo se ve en blanco y negro, y en el primero vive alguien que es Berta de día y Alberto de noche, como si dos versiones incompatibles compartieran el mismo turno.
Como no hay manera de sacar a Jorge, acaba instalándose en uno de los pisos vacíos del edificio. Lo imposible pasa a ser rutina bastante rápido: se cena, se duerme y, si te descuidas, te acostumbras a no poder salir de casa. Mientras tanto, Mireia y Jaime revisan las notas del padre de ella, Lucas Rojo, y reconstruyen el origen del problema. En los años noventa, Rojo, doctor en Física, abrió un agujero de gusano para ir de la universidad a casa en menos tiempo. La idea era sencilla; la ejecución, no tanto. En lugar de eso, apareció en 1973, cuando el edificio aún estaba en obras. Su irrupción provocó un accidente y, lo más importante, dejó una grieta en el espacio-tiempo asociada al edificio. Intentó arreglarlo viajando varias veces al pasado, pero cada intento añadió más capas de error: líneas temporales superpuestas, espacios que no encajan, efectos que se contradicen… El edificio se convirtió en un cúmulo de parches mal puestos sobre una realidad que ya no cerraba.
En paralelo, un fondo de inversión estadounidense decide comprar todo el edificio. Los vecinos, hartos de vivir dentro de un problema físico sin manual de instrucciones, votan y acaban vendiendo. Cobran, firman y se marchan con la sensación de haber sobrevivido a algo inexplicable. Pero Mireia y Jaime no se van. Deciden terminar lo que empezó Lucas Rojo: con los planos de 1973 y las irregularidades detectadas, presentan una denuncia. El Ayuntamiento declara el edificio estructuralmente peligroso y ordena su demolición.
A medida que el edificio se vacía y se prepara el derribo, las anomalías empiezan a debilitarse, como si el fenómeno necesitara a sus propios habitantes para sostenerse. Y ahí ocurre lo inesperado: Jorge, sin fanfarrias ni explicación brillante, un día baja las escaleras… y llega al portal. Sale. Así, sin más. Después de todo lo vivido, la salida es casi anticlimática, como si el universo hubiera decidido que ya era suficiente por hoy.
Entonces aparece Toni Sanssouci, que hasta ese momento era poco más que un nombre extraño en los papeles de Lucas Rojo: un estadounidense que había escrito un libro delirante sobre universos paralelos, mezclando física con teorías absurdas. Pero no era un charlatán. Sanssouci lleva años moviéndose entre realidades y ha identificado el edificio como algo único: no un simple lugar con anomalías, sino un punto de conexión entre universos. Por eso quiere hacerse con él: para conservarlo y poder seguir utilizándolo. El problema es que, en este mundo, existe otra versión de Sanssouci que no tiene nada que ver con todo esto: un empresario de tornillos completamente ajeno a la física y a los viajes interdimensionales.
El Sanssouci “viajero” aprovecha su identidad y su fortuna para crear un fondo de inversión y comprar el edificio sin levantar sospechas. Pero el plan fracasa por algo mucho más potente que la física cuántica: la burocracia. Los directivos del fondo, al encontrarse con una operación extraña, deciden consultar al propietario real de la empresa, es decir, al Sanssouci de este mundo, el de los tornillos. Este, que no entiende nada de lo que le están contando y no tiene ningún interés en empezar a hacerlo, decide cortar por lo sano: cancelar la operación, asumir las pérdidas y olvidarse del asunto. Y así, una decisión empresarial perfectamente razonable acaba desactivando, sin saberlo, un plan diseñado para controlar una puerta entre universos.
El edificio se derrumba. Problema resuelto. Más o menos.
Semanas después, cuando todo parece haber vuelto a la normalidad, una grieta aparece en la pared del despacho de Mireia. Jaime se acerca y se asoma. Al otro lado, hay otro universo, tan real como este.
El edificio ha desaparecido. La grieta, no. Porque el problema nunca fue el edificio. Era la realidad. Y esa, como cualquier comunidad de vecinos, nunca termina de arreglarse del todo.
DATOS RELEVANTES: Jaime Rubio Hancock es escritor y periodista. Es autor de novelas humorísticas y ensayos. Su novela Informe Penkse recibió el Premio La Llama de narrativa de humor.
A medio camino entre 13, Rue del Percebe y Aquí no hay quien viva, Sitges tiene un gran potencial audiovisual como comedia disparatada, ya sea en formato largometraje o sitcom. El edificio funciona como una comunidad de vecinos imposible donde cada piso es un chiste en sí mismo: una mujer que rejuvenece, un apartamento atrapado en 1973, otro en blanco y negro o un agujero en la pared que lleva a un Sitges paralelo. Los personajes conviven con estos absurdos con total naturalidad, lo que refuerza el humor costumbrista y recuerda a las grandes comedias de comunidad.
POTENCIAL AUDIOVISUAL: Serie TV, Miniserie, Film, TV Film.
IDIOMAS DISPONIBLES: Español.

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