Maniatado en su propio salón y con una bolsa en la cabeza que lo asfixia lentamente, un político corrupto dispone de unos pocos minutos de conciencia para convertirse en el detective de su propio asesinato. ¿Cuál de todos los enemigos que sembró ha decidido pasarle factura?
Gabriel Sánchez Santana está tirado en el suelo de su salón, maniatado, con una bolsa de plástico en la cabeza. El aire se acaba. No puede moverse. Solo puede pensar. Y mientras intenta no desmayarse, empieza a reconstruir qué ha pasado y quién lo ha dejado allí para morir.
Ha sido concejal durante años en San Expósito, el municipio turístico levantado sobre la ambición del viejo cacique local. Gabriel creció admirando ese modelo de poder y aprendió pronto la lección: no hace falta mancharse demasiado si sabes colocarte en el lugar exacto, reír las gracias adecuadas y cobrar en el momento oportuno. Participó en recalificaciones dudosas, contratos amañados, mordidas disfrazadas de gestión moderna, favores cruzados con empresarios y constructores. Alimentó una red donde todos ganaban algo… menos los que no tenían nada que ofrecer.
Nunca se vio a sí mismo como un corrupto, sino como alguien listo. No robaba por codicia —se decía—, sino porque el sistema funcionaba así. Miró hacia otro lado cuando convenía. Premió lealtades. Castigó desobediencias. Se enriqueció sin ostentaciones excesivas, aprendiendo del Viejo que la discreción protege más que la arrogancia. Y, cuando la Fiscalía empezó a husmear, ya tenía el dinero a salvo y las coartadas bien tejidas.
La agresión parece un robo torpe: dos tipos lo asaltan en su propia casa y se llevan el dinero que guardaba. Pero mientras la asfixia aprieta y el mareo avanza, Gabriel empieza a desconfiar de esa explicación. Si solo querían el efectivo, ¿por qué dejarle la bolsa puesta hasta matarlo? ¿Por qué no haberle dejado ni un agujero para respirar? Cree reconocer la voz de uno de ellos. Intuye que no es un golpe al azar. Empieza a repasar mentalmente a quién ha utilizado, a quién ha arruinado políticamente, a quién ha traicionado cuando dejó de ser útil.
El relato alterna la urgencia física —cada bocanada de aire más corta que la anterior— con los recuerdos de su ascenso. Su matrimonio roto, su hijo distante, su amante comprada con dinero y silencio. Las amistades convertidas en piezas de un tablero. Gabriel comprende que ha vivido blindándose: asegurando cuentas, voluntades y relatos. Pero no se blindó contra el rencor acumulado.
Cuando aparece Chago, un colaborador cercano, la tensión cambia de naturaleza. Gabriel lo oye entrar, moverse por la casa, manipular la caja fuerte con herramientas, llevarse lo que encuentra. Después lo escucha llamar a emergencias y declarar que lo ha hallado muerto. Lo más inquietante no es el robo, sino el detalle que se impone como una verdad helada: en ningún momento rompe la bolsa para comprobar si aún respira. Gabriel sigue consciente. Oye. Siente. Entiende.
Chago no deja nada a la improvisación. Llega preparado, con guantes y herramientas. Actúa con método. Se asegura el dinero, organiza la escena y construye su coartada antes de fingir alarma. Gabriel, que durante años manejó a otros con esa misma frialdad, reconoce esa forma de actuar. Reconoce la lógica. Y reconoce, demasiado tarde, que alguien ha decidido ajustar cuentas sin necesidad de enfrentarlo cara a cara.
No hay persecuciones ni rescates de última hora. La tensión no viene de si llegará ayuda a tiempo, sino de cómo se estrecha el cerco: el aire escasea, la conciencia se fragmenta, y el hombre que creyó controlar su entorno descubre que ya no controla nada. El poder, los contactos, el dinero a buen recaudo… nada sirve cuando el cuerpo falla y nadie tiene prisa por salvarte.
Un tío con una bolsa en la cabeza es la crónica de una caída íntima y política. Mientras se asfixia, Gabriel revisa su vida y entiende que su final no es un accidente aislado, sino la consecuencia de una cadena de decisiones calculadas. No muere solo un hombre: se extingue la ilusión de impunidad con la que había aprendido a vivir.
DATOS RELEVANTES: Un tío con una bolsa en la cabeza es una novela negra rompedora en donde el protagonista se convierte en el peculiar investigador de su propio asesinato.
Su autor, Alexis Ravelo, se hizo un hueco en el panorama narrativo de la novela negra con obras que han merecido diversos reconocimientos, entre ellos el prestigioso Premio Hammett a la Mejor Novela Negra, el Premio Tormo de Las Casas Ahorcadas, el Premio Novela Café de Gijón, y el Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe.
Según el premiado Lorenzo Silva, “[Ravelo] demuestra que la novela negra en España es mucho más que Madrid y Barcelona, y que desde Las Palmas de Gran Canaria se puede servir una historia criminal contundente e importante.”
Lo que ha dicho la crítica sobre Un tío con una bolsa en la cabeza:
“Alexis Ravelo es único en su aproximación al género policiaco. En esta novela ofrece un punto de vista distinto y un uso arriesgado del tiempo narrativo que funcionan en todo momento”. El País
“En el interior de esta bolsa no solo se encuentra la cabeza de un hombre, sino también las podridas entrañas de una sociedad corrupta”: Negra y Mortal
“Estremecedora, claustrofóbica (más para el pobre Gabriel con la bolsa en la cabeza). El retrato de un pueblo de España que, por desgracia, es mucho más real y frecuente de lo que sería deseable.”. El búho entre libros (blog literario)
POTENCIAL AUDIOVISUAL: Serie TV, Miniserie, Film, TV Movie.
IDIOMAS DISPONIBLES: Español.

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